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CLARETIANOS
EN EL SINODO
(Roma, Oct. 4, 2005)
S. Em. R. Card. José SARAIVA MARTINS, C.M.F., Prefecto de la Congregación de las Causas de
los Santos (CIUDAD DEL VATICANO)
Entre
los varios aspectos del Misterio eucarístico hay que
subrayar, ante todo, su esencial dimensión pascual
de la que habla en varios puntos el Instrumentum Laboris.
1.- “No se puede separar la muerte de Cristo
de su resurrección” (IL, 7). Pertenece,
de hecho, también ella, al sacrificio Redentor de Cristo
(Rm, 4, 24-25).´Él murió para resucitar.
El Viernes Santo no tendría ningún sentido sin
el Domingo de Resurrección. Jesús nunca separó
estos dos eventos salvadores. Es más, Él afirmó
siempre con extrema claridad el inseparable vínculo
entre ellos.
Ahora bien, siendo la Eucaristía la re-actualización,
en el tiempo y en la historia, del Sacrificio de Cristo, hace
presente no sólo su muerte, sino también su
resurrección (cf. IL, 8), el entero misterio pascual.
Lo subraya con fuerza la Encíclica “Ecclesia
de Eucharistia” cuando afirma que el “sacrificio
eucarístico no sólo hace presente el misterio
de la pasión y muerte del Salvador, sino también
el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio”
(EdE, 14). La Eucaristía es, en otras palabras, el
memorial de la Pascua de Cristo.
2. Y es precisamente en cuanto memorial de la Pascua de Cristo,
por lo que la Eucaristía es “fuente y epifanía
de comunión” (MND, 19) tanto en su dimensión
vertical, es decir, en relación a Cristo, como en su
dimensión horizontal, es decir, entre sus discípulos.
La Eucaristía es, antes que nada, la fuente
de la más profunda, sublime y radical comunión
con el Redentor. A la petición de los discípulos
de Emaús para que se quedara con ellos, Jesús
responde con un don mucho más grande: es decir mediante
el sacramento de la Eucaristía, “encontró
el modo de quedarse, no sólo con ellos, sino en ellos.
Recibir la eucaristía es entrar en profunda comunión
con Jesús. “Permaneced en mí, como yo
en vosotros” (Jn 15,4) (MND, 19). Pero la íntima
y misteriosa comunión con Cristo realizada en la Eucaristía
no se puede comprender ni vivir plenamente fuera de la “comunión
eclesial”. La primera puerta abre necesariamente a la
segunda. Ésta brota necesariamente de la aquélla.
“La iglesia, se lee en la MND, es el Cuerpo de Cristo,
se camina “con Cristo” en la medida en que se
está “en relación con su Cuerpo místico”
(MND, 20). El “Ut unum sint” de Cristo se realiza
plenamente en la Eucaristía. Las primeras comunidades
cristianas constituían un “un solo corazón
y una sola alma” en virtud de la participación
en el banquete eucarístico, en la “fractio panis”.
La Eucaristía, por tanto, al unir vitalmente
a los hombres a Cristo, los une también entre ellos.
El mismo Cristo se convierte, en la Eucaristía, en
vínculo viviente entre los miembros de su Cuerpo. La
Eucaristía abate todas las barreras culturales y sociales,
para hacer de todos aquellos que la reciben una sola Comunidad
de fe, de esperanza y de amor, para encaminarles hacia aquella
unidad que encuentra su modelo y su perfección en la
unidad de la misma Santísima Trinidad. Pero, además
de ser fuente, la Eucaristía es también la epifanía
o manifestación de la comunión de los fieles
con Cristo y entre ellos (cf. MND, 19 ss). Nunca como en la
celebración de la Eucaristía, la Iglesia es
y aparece, tan perfectamente una, una koinonia, una comunión.
La Iglesia es una porque una es la Eucaristía.
El Concilio habla de “eclesiología de comunión”:
se trata, obviamente, de una “eclesiología de
comunión eucarística”, porque está
enraizada en el sacramento del altar.
En este contexto, hay que subrayar también, el alcance
fuertemente ecuménico de la Eucaristía. El verdadero
ecumenismo, de hecho, no consiste tanto en el ir nosotros
hacia nuestros hermanos separados o en el venir ellos hacia
nosotros, sino en ir ellos y nosotros, bajo la guía
del Espíritu, hacia Aquél que ha querido permanecer
con nosotros bajo las especies eucarísticas.
Fuente y epifanía de la comunión eclesial, la
Eucaristía no puede no ser igualmente fuente inextinguible
de alegría: de aquella alegría pascual que brota
del Señor Resucitado presente en la Eucaristía
. Los primeros cristianos “partían el pan por
las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez
de corazón. Alababan a Dios” (Hch 2, 46-47).
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